Pantallas nodrizas: el costo de delegar la crianza
En la actualidad resulta habitual presenciar la misma escena: un niño hace un berrinche en un restaurante, se muestra inquieto durante una conversación de adultos o reclama
atención mientras sus padres intentan ocupados resolver alguna tarea. Para todas estas
situaciones ocurre un mismo desenlace. Los padres le entregan un dispositivo y, de
inmediato, todo regresa a una aparente calma. El niño, absorto por la pantalla, ya no
demanda a sus padres, se abstrae del entorno y deja de ser una interrupción. Ocurre que la mejor nodriza de la época lo ha cobijado en sus brazos.
Para analizar este hábito, no basta con entenderlo como pura negligencia o
desconocimiento por parte de los padres, sino que debe comprenderse como la
manifestación directa de una época atravesada por transformaciones profundas en la
estructura social y económica.
Históricamente, bajo un marco patriarcal que hoy es objeto de legítimo debate, la sociedad contaba con una figura dedicada de lleno a la crianza: la madre. Independientemente de las críticas a ese sistema, lo crucial es señalar que se tenía consciencia de que cuidar de un niño durante sus primeros años demandaba una dedicación de tiempo y energía muy
importante.
En la actualidad, la necesidad de solvencia económica y la búsqueda del estatus que
impone la sociedad de consumo obligan a que ambos progenitores se inserten de lleno en el mercado laboral. A las ya extensas jornadas de 8, 10 o 12 horas se suma que, tras salir de la oficina, la hiperconectividad y el teletrabajo invaden el espacio doméstico, reduciendo los escasos márgenes que quedaban para la crianza y el descanso. En este escenario, los adultos se descubren como agentes saturados, tanto por el trabajo, como también por sus propias dificultades para gestionar la tecnología.
El resultado son padres sin reservas emocionales ni energía física para educar, dejando un rol vacante aun cuando se reparta entre ambos. Ante la falta de tiempo y de sostén
comunitario, el celular se presenta como el atajo perfecto al alcance de la mano para
disimular las ausencias cotidianas.
Ofrecer una pantalla exige incomparablemente menos esfuerzo que afrontar las demandas reales de la infancia. Salir a pasear, jugar en el suelo, leer un cuento o sostener los límites que educan piden una presencia activa y paciente de la que hoy se carece. De este modo, la tecnología anestesia temporalmente la exigencia, privando a los chicos de los estímulos humanos necesarios para desarrollarse, ya sea mediante la autorregulación emocional, la creatividad o la capacidad de habitar el aburrimiento.
Sin embargo, apelar de forma sistemática a este recurso no resuelve la dificultad, sino que la posterga y la amplifica. Esta aparente tranquilidad del presente tiene un costo elevado a futuro. Al no ejercitar la autonomía ni la tolerancia a la frustración en la primera infancia, sumado a los impactos del uso excesivo de pantallas en el neurodesarrollo, los niños desarrollan mayor vulnerabilidad y un riesgo elevado de sufrir problemas de salud mental en etapas posteriores. Paradójicamente, esto terminará exigiendo mucha más atención y presencia de los padres en el futuro, cerrando un círculo sin salida.
El parche que aplaca el problema hoy solo hace que el conflicto subyacente crezca, preparando el terreno para complicaciones familiares mucho más profundas e inmanejables el día de mañana.
En un nivel más profundo, este fenómeno puede pensarse en cuanto al cambio de
concepción de la familia misma. Muchas veces la crianza se asume como un mandato
social o un hito biológico, pero sin evaluar la dimensión real de la disponibilidad que exige.
Como advertía Zygmunt Bauman al hablar de los vínculos en Amor líquido, hoy nos
enamoramos de la imagen idealizada de una relación, pero la sentimos como un peso
cuando exige un esfuerzo constante. Desear una familia no siempre significa estar listos
para la demanda real que esta implica.
Cabe preguntarse, entonces, hasta qué punto estamos dispuestos a asumir la
responsabilidad afectiva de criar, o si hemos aceptado silenciosamente la ficción de una
familia que funciona sin la presencia de los adultos, donde una pantalla puede hacer de
nodriza y reemplazar el vínculo.
Reconocer esta situación no busca juzgar ni culpabilizar a las familias, sino reflexionar sobre la cultura de la inmediatez, la sobreexigencia y el propio uso que los padres hacen del celular frente a sus hijos. Recuperar el sentido de la crianza requiere registrar que el tiempo, la paciencia y el contacto directo son insustituibles.
Aceptar el desafío de estar presentes, establecer límites al trabajo fuera de hora y reconquistar espacios libres de dispositivos son pasos fundamentales para reparar el lazo que se encuentra roto y devolverle a la infancia el acompañamiento humano que necesita para desarrollarse.




