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Celulares: una prótesis de la sociedad de consumo.

  • Foto del escritor: Espacio Pausers
    Espacio Pausers
  • 9 ago
  • 2 min de lectura

Para comprender el impacto que el uso excesivo del celular y las redes tienen sobre nosotros, es necesario analizar el fenómeno desde la sociedad de consumo.


Cuando hablamos de sociedad de consumo, nos referimos al sistema de organización socioeconómico que opera mediante la producción sistemática de deseos y necesidades que exceden a cualquier requerimiento biológico o funcional. En este marco, el valor de un objeto no reside en su utilidad, sino en el entramado simbólico que el propio sistema genera a su alrededor, prometiendo estatus, pertenencia e identidad a través de la adquisición continua de productos. 


Esta lógica impone una dinámica de exigencia permanente que atraviesa la vida cotidiana. Como señalaba la socióloga Arlie Hochschild, los trabajadores somos expuestos a un constante bombardeo publicitario, siendo persuadidos de necesitar cada vez más cosas para validar nuestra existencia, lo que nos fuerza a trabajar más para financiarlas y generando así un círculo vicioso del que resulta difícil escapar. El consumo de productos deja de ser entonces un acto reflexivo, de costo y beneficio para convertirse en la fuerza sostiene la maquinaria y el sentido de la existencia de cada uno, creando un estado de insatisfacción crónica. 


Es precisamente en esta lógica donde el smartphone se inserta como una verdadera extensión anatómica del sistema de consumo. El dispositivo ha dejado de ser una herramienta a la cual recurrimos para comunicarnos para transformarse en una prótesis integrada a la mano, diseñada minuciosamente para perpetuar las dinámicas de consumir para existir. A través de la interfaz del desplazamiento infinito (scroll infinito), la vida cotidiana queda sumergida en una vidriera comercial ininterrumpida. En este espacio, la distinción entre el contenido personal y la oferta de mercado desaparece, transformando el tiempo de ocio en una exposición constante a emprendimientos, productos y, de manera crucial, a la comercialización de la propia imagen personal, donde el individuo aprende a gestionar su propia identidad bajo las métricas de rendimiento y visibilidad de una marca. 


Además, siguiendo los planteamientos de Baudrillard, podríamos ver cómo esta lógica del sistema de consumo, para vender de forma efectiva, coopta los códigos de la afectividad, articulando un discurso que apela de manera deliberada a la cercanía, la empatía y la amabilidad. Al instrumentalizar estos gestos humanos con fines de retención y conversión económica, se produce una degradación del lenguaje real, el cual pierde su capacidad de construir vínculos auténticos y queda reducido a una herramienta de persuasión comercial. 


Esta profunda transformación del discurso y de la atención culmina en una mutación cultural. La publicidad, que históricamente ocupaba un lugar marginal o directamente molesto en los medios tradicionales, ha pasado a ser asimilada como el contenido principal de la experiencia digital, transformando los significados culturales hasta en sus partes más elementales, como el lenguaje y la relación con los demás. La exposición continua al mercado ya no se percibe como una interrupción invasiva, sino como una forma legítima de entretenimiento, descanso y evasión.


Ante este panorama, se vuelve indispensable formular una pregunta sobre las bases de nuestro bienestar: ¿En qué momento aceptamos como algo natural o placentero habitar un entorno diseñado para vender de manera ininterrumpida, y qué costos tiene para nuestra atención haber cedido nuestros momentos de pausa a la lógica del consumo?

 
 
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